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Soy Tan Poca Cosa...

Autor: Marcela Casillas - Categoría: General - 6 min.

Soy tan poco. Me es tan difícil alcanzar lo celestial. Me cuesta tanto anhelar lo que es bueno para mí y para los demás. Me resisto tanto a estar cerca del amor de Dios.

Soy tan poca cosa. Porque si me exijo mucho, me vuelvo escrupulosa, pero si me permito demasiado, me vuelvo liberal. Porque no sé permanecer en el camino. Porque me pierdo todo el tiempo. Porque sé lo que está bien pero no sé cómo llevarlo a cabo. Porque me resulta tan natural permanecer lejos de lo eterno.

Soy tan poca cosa. Porque mis anhelos son tan miserables. Porque me es tan placentero conformarme con cosas transitorias. Porque me muestran lo grande y lo conozco pero no lo elijo. Porque hago algo bien y creo que merezco el mérito, pero hago algo mal y comienzo a creer que no soy suficiente. Porque me turban cosas tan, pero tan pequeñas.

Soy tan poca cosa. Porque me es lo más fácil dejarme consumir por el mundo. Porque no hago el bien que quiero y porque hago el mal que no quiero[1]. Porque puedo conformarme con lo momentáneo y porque me es tan difícil alcanzar lo eterno. Porque me cuesta una vida entera de duro trabajar ganarme el cielo pero me cuesta un segundo perderme entre el mundo.

Soy tan poca cosa. Porque no sé manejar los buenos frutos. Porque el Señor me da la gracia de hacer algo bien y por mi soberbia la pierdo pregonándola entre el mundo. Porque la gracia del Espíritu es tan buena que cuando me la otorga quiero acomodarla a mi manera y termino por perderla. Porque me es atractivo todo menos lo eterno. Porque soy tan del mundo. Porque me cuesta tanto ver, conocer y reconocer lo bello.

Soy tan poca cosa. Porque me es tan sencillo caer en la mentira que me dice que en el placer encuentro plenitud. Porque lo único que necesito es disposición y hay tantas veces que no la tengo. Porque todo lo bueno de mí no me lo debo a mí. Porque me cuesta tanto creer en la Eucaristía. Porque mientras más apegados estén los milagros a lo palpable y a lo visible, más me siento capaz de creer y ceder.

Soy tan, tan poca cosa. Porque tengo que creerme algo que no soy para sentir que pertenezco. Porque tengo que atribuirme falsedades para sentirme amado. Porque anhelo el amor de Dios todos los días de mi vida pero no sé en dónde encontrarlo. Porque ese mismo amor está enfrente de mí pero me es tan complicado verlo y reconocerlo. Porque no puedo hacer nada por mi cuenta. Porque tantas veces creo que puedo todo sola.

Soy tan poca cosa. Porque no puedo ver lo eterno. Porque desconozco lo celestial. Porque todos los días busco el amor que encuentro en Dios en otros lados. Porque busco el amor terrenal para llenar el vacío que llevo dentro. Porque creo encontrar plenitud en lo mundano.

Soy tan poca cosa. Porque anhelo desesperadamente la aprobación del mundo o de lo contrario me siento rechazado. Porque todos los días reconozco que alguien subió a una cruz por amor a mí y ni así es suficiente. Porque es tan fácil para mí caer. Porque cuando Dios me da una gracia me es tan fácil pensar de primera instancia cómo voy a usarla para mi propio beneficio.

Si existiera una escala de qué tan experta soy en cuestiones mundanas me sería tan fácil alcanzar el número más alto, porque es como si ser del mundo fuera mi propósito, como si abrazar lo transitorio resultara tan apreciable, tan plausible, porque por todo esto alcanzo a notar que soy del mundo pero que algo en mí sinceramente no le pertenece. Que mi cuerpo, mi pensar y mi sentir pueden ser poseídos por el mundo pero que lo que más peso tiene en mi ser, lo que más me mueve, lo que le da sentido a mi vivir no puede ser poseído por el mundo, sino sólo lastimado. Mi espíritu jamás lo poseerá el mundo, sólo sufrirá las decisiones que yo tome influenciadas por el mismo, porque mi espíritu no es del mundo, mi espíritu pertenece a Dios y mi cuerpo, mi mente y mis deseos tienen sed de lo que mi espíritu anhela, en un sólo concepto, todo mi ser anhela a Dios, porque noto cómo lo que Dios me propone es bueno para mi cuerpo, para mi mente, para mi corazón y para mi alma.

Soy un ser sumamente finito con anhelos sumamente infinitos, tan inmensurables que verdaderamente me cuestiono cómo puede caber en algo tan miserable algo tan maravilloso. Es ahí donde me doy cuenta de la obra de Dios en mí. Donde alcanzo a ver que todo lo que Jesús me propone me sienta bien. Que la sencillez le sienta de maravilla a mi alma. Que el servicio a los demás siempre me trae paz. Que la alegría es mi motor a dar vida. Que la perseverancia me muestra cuántas cosas soy capaz de hacer. Que la castidad me revela el gran valor que poseo por el mero hecho de pertenecer a Dios y que por lo mismo no puedo pertenecerle a cualquiera. Que la diligencia me obsequia un dominio sobre mí misma y que ese dominio me obsequia dignidad. Que la paciencia me hace darme cuenta de cuánto amor soy capaz de dar a los demás. Que la misericordia a mis hermanos y a mí misma me hace reconocer qué tan poca cosa somos y cuánto amor necesitamos por ser tan miserables.

No cabe duda de que estoy hecha para Jesús, que todo lo que Jesús me propone me sienta de maravilla y que si yo he sido creada para vivir y Jesús me da vida, entonces Jesús es para mí tanto como yo soy para él y puedo darme cuenta de que por más poca cosa que yo pueda llegar a ser o me pueda llegar a sentir, valgo tanto amor como el de una cruz, una cruz en la cual me complazco todos los días en la dignidad de saber que no puedo valer menos que la muerte y resurrección de mi Dios y que valemos esa cruz por simple y sencillamente ser tan amados por un Dios extraordinario.


[1] Romanos 7, 19 – cita no textual

Publicado: 25/07/2018


Acerca del Autor

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Marcela Casillas

Mientras más aprendo, más me doy cuenta de lo poco que sé, así como apenas estoy aprendiendo a vivir.

Muy honrada de ser miembro del movimiento DIEC y por supuesto, de nombrarme católica.


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